Vivir entre dos culturas: La historia de mi madre

Paula H. Bloom <pauli@netmeister.org>

Los que se han mudado a los Estados Unidos de cualquier otro país en el mundo, o cuyos padres son inmigrantes, saben lo que significa "vivir entre dos culturas". Mi madre dejó su país natal de Argentina en 1963 por lo que iba a ser un año para estudiar inglés en la Universidad de Boston. Lo que ella no sabía era que ese año de estudio se convirtió en una residencia permanente pues fue allí que conoció a mi padre, se casó con él, y decidió hacer su vida en los Estados Unidos.

Cuando era niña, jamás se me ocurrió que, en aquel momento, mi madre había tomado una decisión sumamente dolorosa, y que se había sacrificado todo. La suya no es una historia de liberación de malas condiciones económicas en busca de una vida mejor, o de escape de persecución política o religiosa. Su vida en Argentina había sido feliz, su padre era médico, su madre dentista. Había dejado atrás una cultura y una lengua que amaba para quedarse con mi padre y hacerse una vida distinta aquí. Para mí, ella era simplemente mi mamá y yo era una niña americana que por casualidad vivía con dos culturas, escuchando y hablando dos idiomas en casa. Mi hermana mayor, María Valeria, aprendió español antes de aprender inglés, y a veces confundía las dos lenguas, diciendo "globoon" en vez de "globo" o "balloon". Mi madre se dio cuenta de que, por haberle dado un nombre típicamente hispano, mi hermana tenía que escuchar: "Valerie-a?", "¿No es una enfermedad?" , y "¿Cuál es? ¿María o Valeria?". Para evitarme la misma molestia, en mi caso mi madre me dio por Paula, un nombre igualmente aceptado tanto en inglés como en español.

Nuestros viajes a visitar a la familia argentina eran estresantes para mí. Anticipaba con temor tener que hablar todo el tiempo en español, forzada a besar y sonreír a las manadas infinitas de parientes de cuyos nombres nunca podía acordarme. Pero una vez que me adaptaba a estar allí, disfrutaba de jugar con mis primos, y de gozar del amor incondicional que sólo la familia que no te ha visto en mucho tiempo puede ofrecerte. Mis padres, mi hermana y yo también disfrutábamos de la alegría de estar entre una familia grande e íntima, algo que sólo teníamos en Argentina donde todos vivían en el mismo pueblo y se veían casi todos los días. Nuestros primos argentinos eran mejores amigos, mientras que veíamos a nuestros primos americanos solamente en los días de fiesta. Incluso a mi padre le encantaba ir a Argentina. Como había aprendido español poco después de conocer a mi mamá, disfrutaba grandemente de los grandes asados, de mis tíos extrovertidos y graciosos, y de la red de apoyo inherente en una grande familia extendida. Para el final de nuestras visitas, yo ya no quería volver a casa, no podía recordar por qué no había deseado ir en primer lugar, me gustaba hablar en español y me daba cuenta de cuánto iba a extrañar a toda mi familia.

Ahora de adulta, cuando pienso en esos tiempos, me doy cuenta de que esos viajes probablemente eran mucho más estresantes para mi madre que para mí. Si ni siquiera yo quería dejar a nuestra familia atrás cuando era hora de regresar a casa, ¿cómo había sido para ella, la adaptación de su nueva vida a la vieja y otra vez a la nueva?

Cuando falleció mi abuela, y la vi a mi madre sollozar por primera vez, tuve la oportunidad de apreciar su rol no sólo de madre sino también de hija. Tristemente, ella nunca se recuperó ni del golpe de la muerte imprevista de su propia madre, ni de la culpa que sentía por haberla dejado atrás.

Sólo después de la muerte de mi madre, y después de leer sus memorias escritas mientras yacía enferma de cáncer, pude apreciar la valentía que había tenido mi madre al quedarse a vivir en los Estados Unidos. Yo no podría hacer lo mismo. ¿Cuán difícil habría sido vivir con un pie en cada país?

Recuerdo el último viaje a Argentina que hizo mi madre. Se fue solita por un mes para tener tiempo para visitar con todos. Me sorprendió mucho cuando decidió volver temprano; nos había echado de menos. Para entonces, ella había pasado más años aquí que allá, y su corazón ya no pertenecía a Argentina. Ella siempre se sentiría conectada al lugar de su niñez, pero su hogar estaba con nosotros en los Estados Unidos. Y ahora que no la tengo aquí conmigo, he empezado a sentir muchos de los mismos sentimientos de conexión con Argentina, al comprender cómo había sido para ella. Heredadas las tareas maternas, ahora soy yo la que escribe cartas a sus hermanas, esperando las respuestas. Ahora soy yo la responsable de recordar los cumpleaños de los parientes, de llamar en los días de fiesta, mandar fotos y mantener la comunicación. Puesto que hemos llevado las cenizas de mi madre a Argentina a descansar en el mausoleo familiar, mantener una conexión con nuestros familiares argentinos es la manera más dulce de mantener una conexión con ella.